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Propuesta de Doble Vía para Salir del Atolladero Autonómico Español

Propuesta de una “Doble Vía” ante el Fracaso del Estado Autonómico

Ante el evidente fracaso del modelo autonómico post-transición en España, se han propuesto hasta tres vías (quedarse como está, independizarse Cataluña y/o el País Vasco, o la llamada tercera vía o federalista), yo propongo una cuarta vía a la que llamaré la doble vía. Debo decir que hace más de 20 años ya pensaba lo mismo que ahora voy a hacer público en aras de ayudar y  que expresarlo en privado me ha supuesto no pocas y, a veces, acaloradas discusiones con amigos. Ahora espero no parezca tan descabellado como podía sonar antes y pueda ser una luz más en el camino hacia el entendimiento. Precisamente para el entendimiento, incluso con una cultura como la catalana que siempre ha presumido de tendencia al “pactisme”, habremos de obviar a extremistas de uno u otro lado que no aceptan ninguna de las razones del otro y que, en mi planteameinto, son en principio dados como amortizados y como un efecto colateral de los errores del actual.
El pecado original de nuestro modelo fue el de no entender adecuadamente a los nacionalismos catalán y vasco al inicio de la transición. Es cierto que era difícil tener el valor o la perspectiva adecuada en aquellos años post-dictadura y con la presión tanto económica como de ETA y otros movimientos anti-consenso, algo  que, además, fue a veces consentido desde el exterior. El “café para todos”, ejemplo hispano del empecinamiento de que nadie sea más que nadie, o “para chulo tú, chulo yo”, supuso la génesis de una regionalización forzada que hubo incluso de dotar apresuradamente de contenidos fatuos a la mayoría de comunidades autónomas. Esa igualdad mál entendeida, a la baja, opositora a aqueñ que se atreva a destacar, al sobre-saliente, generó los vientos de los que ahora nos vienen estas tempestades. La falta de generosidad, aunque hubiese sido interesada, apostó por lo cortoplácico y no supo ver que una inversión a largo plazo, con límites claros, de dádivas transferenciales, hubiese podido mantener este país más unido y de forma más duradera. Se ha sido particularmente torpe en la no concesión por parte del estado de libertad en lo simbólico, lo más preciado por la mente nacionalista. Mientras en Escocia se hablaba abiertamente de país, se imprimían libras del “Bank of Scotland”, existían selecciones nacionales para algunos deportes, etc.; aquí se negaba todo lo simbólico (incluso poner CAT en otra zona de las matrículas de los coches) pero se iba perdiendo poder real, particularmente en educación y sanidad, a cambio de rastreros pactos con nacionalistas que eran vistos como victorias en la moral separatista. No se ha entendido nunca, ni aún ahora, que perdiendo un poco se puede acabar ganando más. Se ha servido en bandeja el enfrentamiento y el enrocamiento actual.
Paralelamente, las comunidades autónomas han generado sobrecostes exagerados creando mini-estados por doquier que, además, están descoordinados ante cualquier amenaza, bien sea por falta de criterios comunes en educación (cada uno ha visto la historia de forma particular) para un resultado vergonzoso, o bien en la sanidad permitiendo que las vacunas y la cobertura sea distinta en cada comunidad y que no haya manera de mantener unidades y políticas nacionales como las que ahora nos harían falta para el Évola, por ejemplo. Mientras los que saben de las cosas han estado encerrados preparándose sus oposiciones, los que no tenían capacidad para sacarlas y/o los ambiciosos de poder, se dedicaban a ocupar un sinfñín de cargos en hasta 5 estratos paralelos y duplicados de gestión de recursos, totalmente descoordinados, y mal guiados ante la falta de tecnócratas y meritocracia. Así, llevamos décadas sin que haya habido un presidente que nos defienda en inglés, por ejemplo, o sin que el ministro/a de sanidad sea médico.
Por su parte, la propaganda nacionalista a lo “Goebbels”, dejada de la mano durante más de 30 años con la televisión, los media, la educación, la cultura y el turismo y la sanidad, entre otros, ha triunfado en instilar la idea mayoritaria de que el estado ha supuesto un oprobio para el desarrollo de aquellas zonas del país que siempre han sido privilegiadas. El privilegio, si bien se lo han ganado por sagacidad, esfuerzo y mayor cercanía a Europa, también les viene en parte importante del hecho de que el resto de España las ha considerado parte de su país, ha comprado sus productos acríticamente, ha permitido trasvases de fondos escasos para concentrar ahí la industrialización nacional y ha estado orgulloso de su progreso, otrora vanguardia y faro de una España siempre con ganas de mejorar y pro-europea. Ahora, el capitán abandona el barco antes de que éste se hunda y pensando que así se salvará ignorando el destino del resto. En mi opinión la separación abocaría al hundimiento de todos y por ello es un error. Estoy de acuerdo en que la gente tiene derecho a equivocarse pero no a que la equivoquen con propaganda no replicada.
El último desastre en gestión del estado ha sido la respuesta “a la gallega” ante el reto del referendum. Llevan razón los que desde Cataluña se quejan de que no les dejen votar, incluso aunque la declaración del método para votar halla sido unilateral, la campaña halla sido monocrómica y demagógica y su planteamiento fuera sin intentar realmente acordar (como sí hizo Escocia) las bases de la votación con el estado. El estado podría fácilmente haber acordado unas normas: 1) Si sale que NO, no se repite; 2) En la pregunta se debo optar entre varias opciónes, y no el maniqueismo reiterativo del Sí-Sí (por ejemplo, que ser puedan votar opciones intermedias); 3) Se dejan por ambas partes un par de años por delante antes de la consulta para que ambas partes aboguen por su postura y se produzcan debates pñublicos. En cambio, la “colada” o trágala planteada deja poca opción a la alternativa separatista que, además, cuenta con todos los medios y “tiene prisa” no vaya que acabe la crisis económica, y se acabe el argumento “objetivo” clave que ha hecho virar al independentismo muchos catalanes que sufren la crisis económica mundial en la creencia de que no la tendrían fuera de España.
Llegados a esta situación propongo que se use una doble vía para evitar el “choque de trenes”. Esta doble vía fue propuesta por muy pocos, si bien Joan Oró, el científico, de la “Fundació per a las Bases de Manresa” ya abogó por algo parecido hace tiempo. Se podría haber hecho post-transición pero no hubo oportunidad. Mi propuesta es, por pasos, la siguiente: 1) Que España sea un Estado Confederal con tres países: Cataluña, País Vasco y el resto (al que yo llamaría España, dado el amor que le tenemos a ese nombre los del resto y la necesidad que se tiene en los otros dos países de usar cualqier eufemismo para nombrar a España). Cataluña obtendría pacto fiscal como el Vasco; 2) Que el conjunto resultante sea una república y se denomine Confederación Ibérica (sea República o Reino, según se votara). Habría un mínimo común para defensa, seguridad, sanidad y parcial para Educación. Todos los habitantes hablarían español (como siempre se ha hecho) sin detrimento del uso preferencial de Catalán, Vasco o Gallego en sus territorios ; 3) Que en el resto de España (excluyendo Cataluña y el País Vasco) hubiese una desaparición de estratos ineficaces y redundantes de gobierno (diputaciones, unión de ayuntamientos pequeños en mancomunidades, redistribución de funcionarios sobrantes a sectores deficitarios como justicia, por ejemplo); 4) Las comunidades autónomas del resto de España se re-regionalizarían para convertiralas en regiones de un país al menos parcialmente re-centralizado en el que hubiese recuperación de competencias esenciales como Seguridad, Sanidad y Educación que deben ser comunes a todo el territorio de lo que sería España propiamente dicha. La re-regionalización cambiaría los bordes de comunidades ineficientemente grandes como Andalucía (que siempre tuvo dos focos: el eje Sevilla-Córdoba y el antigfuo Reino de Granada) y uniría regiones uniprovinciales en conjuntos de mayor tamaño, vecindad y eficacia gestora.

La Confederación Ibérica sería un país grande, con un mercado grande, abierto a inversores y visitantes sin miedo al futuro y a una inestabilidad de sus bordes o mercados. Los que quisieran sentirse Catalanes, Españoles o Vascos sólo, así lo serían sin límites. Los que necesitaran sentirse unidos tendrían una mínima unión que tendría mayor o menor grado sentimental pero sería adulta,  simbiótica razonable, respetuosa y civilizada. Todos nos mantendríamos en la Unión Europea y caminaríamos cómodamente juntos como Ibéricos y Europeos hacia un mundo globalizado en que sólo la unión permite sobrevivir al todo. El choque de trenes sólo se evita educadamente si la vía es doble.


Jorge Cervilla

Catedrático de Psiquiatría

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